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Texto de Liliana Rega

Por ahí va caminando un artista, no tiene la mirada confusa, no aspira los velos del ensueño, y debajo de sus pies hay baldosas. Los artistas huelen sol y las chimeneas, escuchan el ruido de las calles. El artista es un hombre.
Los artistas-y sobre todo algunos de ellos- van rastreando su entorno y van hurgando la realidad, aquello ten recóndito que nos sumerge, que los sumerge, en los brevísimos instantes de fuerza, de halago, de arrebato del ánimo. Y por acá anda Ana Cifelli, que alguna vez habrá pasado por la escuela de Bellas artes (donde culminó sus estudios), o habrá asistido algún taller – el de Aída Carballo, por ejemplo- pero que tantas veces ha sabido ser una sigilosa transeúnte de lo cotidiano. Así puede entregarnos un carrero, unas manos, rostros que extraídos de la realidad desde un momento interior, son fundados otra ves en el mundo y son sus nueva realidad.
El acto creativo, agresivo por naturaleza porque implica un introducir por vez primera alguna cosa, aparece en Ana como “una larga peregrinación del retorno”.
Es verdad, en un otoño del ’63 nacía en plena ciudad de Buenos Aires, y aquí sucedieron sus primeros contactos, simplemente con las cosas que la acompañaban, que nos acompañan a todos. Mas adelante, con los años, rescataba alguna de esas imágenes y se las entregaba a sus manos, a las gubias, a los tacos, pero antes había pasado por la mujer, antes habían recorrido todos los recovecos de su historia que quizás sea parte de la historia personal de cada hombre.
Por fin llego el momento, la búsqueda del equilibrio entre el delirio y la técnica, por un lado el barullo de las manos, socavando la madera, pero también la precisión y el estilo.
Y ahora estamos nosotros frente a las imágenes, frente a un par de zapatillas, una calesita, nuevamente encarnados en el mundo.
Las cosas ahora retornan a la realidad, pero entre ellas y nosotros anduvo una mujer atrapando el misterio de aquello que tenemos tan cerca, de todo lo que, quizás, nos funda y nos sostiene.

 
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